LA PASIÓN POR LA CELESTE Y BLANCA
¿Dónde hay que firmar? Si hace 50 años alguien me hubiese dicho que tenía que sufrir mucho, que tenía que atravesar sinsabores, broncas, eliminaciones, sostener derrotas, defender a Messi a capa y espada cuando muchos lo querían echar, llorar por Diego en las buenas y en las no tan buenas y bancarlo con todo mi ser. Pero que iba a llegar un momento donde la selección argentina me iba a cambiar la vida futbolísticamente hablando (escribiendo), lo firmaba sin dudar.
Si alguien me decía que iba a llorar mucho cuando a Diego le cortaron las piernas y nos fuimos del mundial, que no íbamos a poder sortear a Holanda luego del cabezazo y la expulsión de Ortega, que cuatro años después no pasaríamos la primera ronda con el equipo de Bielsa que les ganó a todos en la previa. Pero en el futuro me iba a encontrar con Los Lioneles, o los leones, para ganar copas américas, para conseguir un mundial. Lo firmaba sin dudar…
Si alguien me decía que en el mundial 2006 nos iba eliminar un equipo alemán con un arquero que tenía un machete para atajar penales, que con Diego y Leo nos volveríamos de Sudáfrica con una goleada en contra sin lograr plasmar todo lo que creíamos que podíamos lograr y que en el mundial de Brasil íbamos a perder una final después de tener muchas chances de ganarla. Pero iba a ver a Messi feliz, volando por el aire cobijado por un equipo que lo llevó a ganar, que lo respaldó y que mostró y muestra una mística que quedará para la historia. Estampaba mi gancho…
Si alguien me decía que nos íbamos a volver sin pena ni gloria de Rusia luego de entrar por la ventana al mundial, y que iba a continuar la sequía en las copas américas, con un Messi renunciando a la selección y con gran parte del periodismo y cierta gente cuestionando su calidad de jugador. Pero que a lo largo de mi vida iba a poder ver a los dos mejores jugadores que dio la historia de fútbol: Diego Armando Maradona y Lionel Andrés Messi, sólo tenían que alcanzarme la lapicera.
Hoy me paro en el umbral de mi historia con el fútbol, la repaso, los recuerdos se amontonan, las emociones me brotan por todos lados, veo a ese pibe de apenas 6 años envuelto en una frazada por la fiebre que tenía, llevado por su padre a la casa del tío para ver el partido de Argentina con Perú en el 78 o días después celebrando en la caja de una Ford Ranchero con una bandera celeste y blanca que aún conserva, el primer título mundial.
Me veo abrazado el pintor “Lala” Pelusa en el 86 cuando no se pudo ir de mi casa (por cábala) porque coincidió que estaba dándole color a las paredes y la argentina de Maradona consiguió otro título. Me recuerdo celebrando el gol de Diego a Grecia en el primer día de trabajo y ante una oficina repleta y con un jefe al que le dije que si no me dejaba ver el partido le renunciaba.
La selección argentina me revela como un hincha apasionado. Que ha adorado a Maradona, que se deshace en elogios con Messi, que derrama lágrimas de emoción y que en los últimos años no para de disfrutar con la selección argentina. Con el juego, con el compromiso, con la entrega, con cada alegría que ha conseguido.
En la antesala de una nueva final de la selección, ante la posibilidad de un bicampeonato, de las cuatro estrellas, de otro mundial para Messi… Veo a ese pibe que se abraza con su viejo, con su tío, con los amigos, festejando o lamentándose… Y a este hombre que se volvió abrazar con “Lala” en el festejo tras la victoria a Inglaterra, que se vuelve a emocionar con cada jugada, con cada gol, con cada historia de la selección. Veo a alguien que sigue sintiendo, sufriendo, gozando, cuando la celeste y blanca sale a la cancha.


